Durante los tres años en los que viví en el piso sexto primera nunca me imaginé que un día tendría que subir un piso más para llegar a mi domicilio, y que desde la terraza del mismo podría ver Barcelona desde una perspectiva más amplia y disfrutar de cielos estrellados y lunas llenas que penetraban en la estancia principal iluminándola de blanco y plata.
Pero así fue y así comenzó mi gran afición a la distribución y decoración de espacios reducidos. El apartamento constaba de recibidor, un largo pasillo, baño, cocina, dos habitaciones, y terraza. Unos treinta metros cuadrados interiores y dieciocho exteriores.
Al primer golpe de vista las dos habitaciones se redujeron a una sola estancia que compusieron un ambiente único que de día era sala de estar con despacho, salón y comedor, y de noche dormitorio con capacidad hasta para ¡tres! personas, gracias al sofá cama de metro veinte y al diván que en realidad era una cama individual vestida de sofá.
La cocina diminuta, de baldosas blancas con una cenefa de dos bandas, una gris y otra roja, tenía todos los electrodomésticos a tamaño casa de muñecas, pero en ella se podía cocinar incluso para ocho personas.
El baño, de sanitarios verde oliva, era más pequeño aún, pero completo, con ducha de setenta por setenta, lavabo, inodoro, bidet y una pequeña estantería de obra y baldas de cristal que una verdadera ¡cucada!
El recibidor era el primer espacio que delataba con descaro los gustos de la dueña de casa con sus dos cuadros: el ”Ramo” y la “Paloma” de Picasso, ambos adquiridos en las cercanas tiendas para turistas de la Sagrada Familia.
El largo pasillo no podía albergar estanterías pero sí pudo alojar dos pequeños taquillones gemelos y una serie de carteles de Toulouse Lautrec que recortaban el camino hacia la estancia principal que se abría a la generosa terraza donde un enorme toldo casi fijo protegía del sol y la lluvia, y donde los arbustos y las plantas de temporada se distribuían en grandes maceteros que adornaban de alegres colores todo el perímetro de la zona.
La terraza tenía también un gran armario de obra de media altura donde se había instalado la lavadora y una especie de trastero, todo ello oculto tras una cortina de loneta blanca. Encima mas maceteros y plantas que trepaban por unas rejas adosadas a la pared.
Aquél ático coqueto, alegre y con un toque femenino enamoró a la primera pareja que lo visitó después de concertar una cita con la inmobiliaria que gestionaba su venta cinco años después de su reforma e inauguración, cuando la vida puso de nuevo en mi camino un lugar para adecuar a mi antojo.