Mi marido murió hace dos semanas, dejándome un gran vacío después de 40 años de vida en común. No habíamos tenido hijos pero no los habíamos echado de menos. Nos bastábamos el uno al otro y habíamos sido felices.
Tras el entierro, el funeral y las visitas de condolencia, empecé la penosa tarea de poner en orden sus cosas; dar la ropa que aún era aprovechable y desechar el resto. En un cajón de la cómoda, debajo de sus camisas encontré un sobre que llevaba escrito de su puño y letra: “para quemar después de mi muerte”. Llena de curiosidad lo abrí. Era una carta a mí dirigida en la que me confesaba que él había matado al gato. Había sido un accidente. Cuando hacia maniobras para sacar el coche del garaje, sintió un fuerte golpe y cuando vio el gato allí extendido, tuvo miedo de mi reacción porque sabía del apego que yo tenía al animal, cogió una bolsa de basura y lo echó al contenedor. Ese hecho era lo único que me había ocultado durante 40 años de matrimonio, que quería que lo supiera ahora y que intentara perdonarlo, aunque sabía que no podría.
Retrocedí 20 años atrás. Un día me telefoneó una amiga. Su gatita había tenido crías y me ofreció una. Acepté rápidamente y cuando ya no requirió los cuidados de su madre, pasé a recogerlo. Era un gatito blanco, de pelo largo y ojos azules. Parecía una bola de algodón. No le pusimos nombre, le llamábamos “el gato”. Enseguida se convirtió en el rey de la casa. Iba delante y detrás mío y me amochaba las piernas. Se colaba en nuestra habitación y dormía bajo el edredón, o se subía a mi falda mientras estaba viendo la televisión. Salía a pasear y todo el vecindario lo conocía, pero siempre volvía a la hora de la comida.
Un día no regresó. Salí al jardín y lo llamé, fui a la calle y no lo vi. A la noche aún no había vuelto. Era la primera vez que sucedía y no pude dormir. A la mañana siguiente fui a preguntar a las vecinas si lo habían visto, Nadie sabía nada. A lo mejor, pensé, se había perdido y no sabía regresar y ahora deambulaba por las calles sucio y aterrorizado, recibiendo los puntapiés de los viandantes, él, solo acostumbrado a mimos y caricias. A lo mejor estaba hambriento y buscaba entre la basura, él, que solo comía exquisiteces, o a lo mejor un coche le había atropellado y yacía malherido y moribundo en el arcén. Estaba desesperada y preguntaba a mi marido qué creía él que había pasado. Y él me miraba y callaba.
Un mes después guardé sus cosas y dije a mí marido que no quería vivir más con aquella pesadumbre, que quería creer que alguien había recogido al gato y que era tan feliz ahora en su nuevo hogar como lo había sido antes con nosotros y mi marido me miraba y callaba.
Sentí una oleada de indignación. ¿Cómo pudo ser capaz de ver mi angustia y desesperación y que me devanaba los sesos pensando día y noche en el gato y seguir callado? ¿Tanto le costaba contarme lo sucedido para que dejara de preocuparme más por el animal? No, no le iba a perdonar, Claro que no! Suerte tenía de estar muerto que, si no, se iba a enterar! Llena de rabia hice una bola con la carta y me dirigí a la cocina a buscar las cerillas. Mientras veía cómo el fuego la consumía, se desvaneció mi enfado y le perdoné. Al fin y al cabo en su pecado llevó la penitencia.
miércoles, 25 de mayo de 2011
jueves, 19 de mayo de 2011
La fuerza del propósito
Siempre recordaré mi décimo aniversario. Ese día mis padres me llevaron a ver una representación de ballet. Nunca antes había estado en un teatro y para mí fue todo un acontecimiento. No olvido mi emoción cuando se apagaron las luces, se levantó el telón, y vi aparecer los bailarines a escena. Miraba con admiración sus esbeltas figuras y sus elegantes movimientos mientras hacían toda clase de piruetas. Quería llegar a ser un día como ellos y me hice el firme propósito de convertirme de mayor en bailarina.
Después de mucho rogar, conseguí que me matricularan en una academia de danza. Soy muy alta y desgarbada y mis movimientos desmañados solo provocaban las risas de mis compañeros. No me importaba. Sabía que querer es poder y que algún día lo conseguiría y practicaba y practicaba hasta que me dolía todo el cuerpo mientras soñaba con el día de mi debut. Pasó el tiempo y, a pesar de todos mis esfuerzos, ni mejoraba ni avanzaba hasta que un día mi profesora me esperó a la salida de clase y me dijo que valoraba mucho mi dedicación y perseverancia pero que para ser bailarina se necesitaban unas dotes de las que yo lamentablemente carecía. Tenía que conocer mis limitaciones y aprender a aceptarlas antes de imponerme unos objetivos que estaban fuera de mi alcance ya que su no obtención solo me traerían insatisfacción y frustración. Que siguiera bailando, si eso me gustaba, pero con el único fin de divertirme.
Lloré noches seguidas. No podría conseguir mi sueño! Hasta que un día mi profesora de dibujo alabó la creatividad y originalidad de mis trabajos. Para dibujar, pensé, no importaba que fuera alta y desgarbada y de torpes movimientos y se me abrieron otras posibilidades. Hoy en día soy ilustradora y me auguran un gran futuro. Me ha costado mucho llegar hasta aquí: he dedicado horas y horas quitadas al sueño y a mi tiempo libre. Nada se consigue sin esfuerzo! Pero ha valido la pena.
Continuo bailando pero solo para combatir el estrés de mi trabajo y debo confesar que desde que no me atosigo con tantas exigencias, he mejorado de forma considerable. Sin embargo, nunca podré olvidar a aquella profesora que me enseñó a comprender que si bien es cierto que querer es poder, tanto más cierto es que no debemos pedir peras al olmo.
Después de mucho rogar, conseguí que me matricularan en una academia de danza. Soy muy alta y desgarbada y mis movimientos desmañados solo provocaban las risas de mis compañeros. No me importaba. Sabía que querer es poder y que algún día lo conseguiría y practicaba y practicaba hasta que me dolía todo el cuerpo mientras soñaba con el día de mi debut. Pasó el tiempo y, a pesar de todos mis esfuerzos, ni mejoraba ni avanzaba hasta que un día mi profesora me esperó a la salida de clase y me dijo que valoraba mucho mi dedicación y perseverancia pero que para ser bailarina se necesitaban unas dotes de las que yo lamentablemente carecía. Tenía que conocer mis limitaciones y aprender a aceptarlas antes de imponerme unos objetivos que estaban fuera de mi alcance ya que su no obtención solo me traerían insatisfacción y frustración. Que siguiera bailando, si eso me gustaba, pero con el único fin de divertirme.
Lloré noches seguidas. No podría conseguir mi sueño! Hasta que un día mi profesora de dibujo alabó la creatividad y originalidad de mis trabajos. Para dibujar, pensé, no importaba que fuera alta y desgarbada y de torpes movimientos y se me abrieron otras posibilidades. Hoy en día soy ilustradora y me auguran un gran futuro. Me ha costado mucho llegar hasta aquí: he dedicado horas y horas quitadas al sueño y a mi tiempo libre. Nada se consigue sin esfuerzo! Pero ha valido la pena.
Continuo bailando pero solo para combatir el estrés de mi trabajo y debo confesar que desde que no me atosigo con tantas exigencias, he mejorado de forma considerable. Sin embargo, nunca podré olvidar a aquella profesora que me enseñó a comprender que si bien es cierto que querer es poder, tanto más cierto es que no debemos pedir peras al olmo.
lunes, 16 de mayo de 2011
Superación
¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué razón tengo para levantarme por la mañana? Eran las preguntas recurrentes ciertos días de decaimiento o en ciertas fechas señaladas. De joven, "Palabras para Julia" de Goytisolo, cantada por Ibañez, podían sacarla del desánimo o de la contrariedad, pero luego, con los años, ese himno de amor a la vida y resistencia ante las adversidades perdió poder de convicción.
Hasta que tocó luchar por la vida misma, por ese don que siempre parece depender de un hilo del que somos detentores y que de pronto descubrimos como un frágil regalo de una fuerza invisible, y sin embargo presente, al menos en nosotros mismos.
La vida, el yo consciente por el que se manifiesta el todo, se encuentra de pronto en peligro; el ser, tembloroso, se tambalea, y después de no pocas dudas e incertidumbres elige un camino. Ella decidió que aún era pronto para acabar el viaje y en su intento por retener su existencia, liberó su esencia y abrazó todo lo que le rodeaba: familiares y amigos, compañeros de trabajo y vecinos, árboles y plantas, animales y pájaros. Besó las nubes y el viento. Hubiese querido alcanzar el sol, las estrellas, el universo entero más una voz en su interior le susurró que aquello era lo que ella quería evitar, y una mañana alzó la vista, y con respeto les pidió perdón por no querer aún conocer la calidez de su regazo.
Voló, amó, llenó su maleta con toda la belleza de lo simple y efímero. Le concedió mil y una travesuras a su niña interior. Correteó por los campos de amapolas y lavandas persiguiendo mariposas multicolores, y los barrotes del dolor encarcelado se fueron deshaciendo hasta fundirse en diminutas chispas de metal que desprendiéndose todas al unísono formaron un estallido de luz semejante a unos fuegos artificiales en noches de San Juan.
Volvió a oír su música favorita, sus versos preferidos, a disfrutar de los suyos, y siguió su camino más ligera de equipaje.
Hasta que tocó luchar por la vida misma, por ese don que siempre parece depender de un hilo del que somos detentores y que de pronto descubrimos como un frágil regalo de una fuerza invisible, y sin embargo presente, al menos en nosotros mismos.
La vida, el yo consciente por el que se manifiesta el todo, se encuentra de pronto en peligro; el ser, tembloroso, se tambalea, y después de no pocas dudas e incertidumbres elige un camino. Ella decidió que aún era pronto para acabar el viaje y en su intento por retener su existencia, liberó su esencia y abrazó todo lo que le rodeaba: familiares y amigos, compañeros de trabajo y vecinos, árboles y plantas, animales y pájaros. Besó las nubes y el viento. Hubiese querido alcanzar el sol, las estrellas, el universo entero más una voz en su interior le susurró que aquello era lo que ella quería evitar, y una mañana alzó la vista, y con respeto les pidió perdón por no querer aún conocer la calidez de su regazo.
Voló, amó, llenó su maleta con toda la belleza de lo simple y efímero. Le concedió mil y una travesuras a su niña interior. Correteó por los campos de amapolas y lavandas persiguiendo mariposas multicolores, y los barrotes del dolor encarcelado se fueron deshaciendo hasta fundirse en diminutas chispas de metal que desprendiéndose todas al unísono formaron un estallido de luz semejante a unos fuegos artificiales en noches de San Juan.
Volvió a oír su música favorita, sus versos preferidos, a disfrutar de los suyos, y siguió su camino más ligera de equipaje.
jueves, 12 de mayo de 2011
El misterioso paquete
Estaba poniendo en orden mi armario. El invierno tocaba a su fin y la primavera ya se anunciaba en unos días soleados y tibios que invitaban a salir y a pasear con ropa más liviana. Sonó el timbre. Miré por la ventana y vi el camión de una conocida mensajería. Seguro que me traían un paquete. Cuánta ilusión me hacía recibir cosas de forma inesperada! Bajé corriendo la escalera para abrir la puerta. Firmé y llena de curiosidad abrí el paquete. Era una caja de celofán con una flor seca en su interior. Busqué el remitente pero no lo hallé.
-Qué raro!, pensé Quién me podrá enviar una flor seca?
Me olvidé por completo hasta que al mes siguiente por las mismas fechas volvió a sonar el timbre. La misma mensajería me traía una nueva caja de celofán con una flor seca dentro y otra vez sin remitente.
Intrigada, empecé a hacer cábalas sobre quién podría enviarme flores secas. Mi marido, quizá? Deseché la idea rápidamente. A él no se le ocurrirían estas cosas y si lo hiciera , me daría muy mala espina, señal que algo malo quería ocultarme.
Pero quién? Quién podría enviarme flores secas? Pensé en un admirador secreto que se había prendado de mí y me había seguido hasta casa y leído mi nombre en el buzón. Me gustó la idea y desde aquel momento miraba atentamente a los hombres que se cruzaban por mi camino, buscando en ellos a mi posible admirador y esperaba con anhelo la llegada de una nueva flor seca, como así sucedió.
Ya no me cabía ninguna duda; tenía un admirador secreto. Pero no siempre iba a ser secreto. Algún día tendría que salir de su anonimato y yo esperaba con ansia la llegada de la cuarta flor. Desde buena mañana ya estaba atisbando por las ventanas y cuando vi el camión me dirigí corriendo a abrir la puerta mucho antes de que el conductor pudiera tocar el timbre. Deshice rápidamente el paquete y efectivamente, junto a la flor había un sobre. Lo abrí y ávidamente leí:
“La cadena de supermercados BRISA premia así la fidelidad de sus mejores clientes”
El alma se me cayó a los pies. No era un admirador secreto. Era el supermercado donde habitualmente hacía las compras. Me sentía herida en mi vanidad y con rabia cogí esa caja y las tres precedentes y las eché al cubo de la basura.
-Qué raro!, pensé Quién me podrá enviar una flor seca?
Me olvidé por completo hasta que al mes siguiente por las mismas fechas volvió a sonar el timbre. La misma mensajería me traía una nueva caja de celofán con una flor seca dentro y otra vez sin remitente.
Intrigada, empecé a hacer cábalas sobre quién podría enviarme flores secas. Mi marido, quizá? Deseché la idea rápidamente. A él no se le ocurrirían estas cosas y si lo hiciera , me daría muy mala espina, señal que algo malo quería ocultarme.
Pero quién? Quién podría enviarme flores secas? Pensé en un admirador secreto que se había prendado de mí y me había seguido hasta casa y leído mi nombre en el buzón. Me gustó la idea y desde aquel momento miraba atentamente a los hombres que se cruzaban por mi camino, buscando en ellos a mi posible admirador y esperaba con anhelo la llegada de una nueva flor seca, como así sucedió.
Ya no me cabía ninguna duda; tenía un admirador secreto. Pero no siempre iba a ser secreto. Algún día tendría que salir de su anonimato y yo esperaba con ansia la llegada de la cuarta flor. Desde buena mañana ya estaba atisbando por las ventanas y cuando vi el camión me dirigí corriendo a abrir la puerta mucho antes de que el conductor pudiera tocar el timbre. Deshice rápidamente el paquete y efectivamente, junto a la flor había un sobre. Lo abrí y ávidamente leí:
“La cadena de supermercados BRISA premia así la fidelidad de sus mejores clientes”
El alma se me cayó a los pies. No era un admirador secreto. Era el supermercado donde habitualmente hacía las compras. Me sentía herida en mi vanidad y con rabia cogí esa caja y las tres precedentes y las eché al cubo de la basura.
miércoles, 11 de mayo de 2011
Soledad
Esta soledad tan profunda, tan negra.
Esta soledad que aplasta el pecho hasta cortarte la respiración,
Esos abrazos negados,
Esas caricias ignoradas,
Esas palabras silenciadas,
Esas manos retiradas,
Soledad para ver el propio ocaso
El miedo al mañana,
El recuerdo de lo vivido,
La muerte como salida,
El miedo a la muerte,
El miedo a la vida
El miedo a la soledad,
El silencio doliente,
De nuevo el miedo
El futuro que no existe
La vida que ya no es
La quietud,
Las sensaciones que te son ajenas
De nuevo el miedo,
Fuerte traidor, se burla, te atrapa,
Hace mil piruetas,
Miedo, cruel trapecista, perverso,
Te engaña, te confías,
Se aleja para aparecer de nuevo, con más y más intensidad,
Miedo atroz que te deja sin aliento,
Y entre tanto esperpento, dibujo una mano imaginaria para poder aferrarme a ella, pero es volátil, saltarina y se escapa de mi propia mano.
Esta soledad que aplasta el pecho hasta cortarte la respiración,
Esos abrazos negados,
Esas caricias ignoradas,
Esas palabras silenciadas,
Esas manos retiradas,
Soledad para ver el propio ocaso
El miedo al mañana,
El recuerdo de lo vivido,
La muerte como salida,
El miedo a la muerte,
El miedo a la vida
El miedo a la soledad,
El silencio doliente,
De nuevo el miedo
El futuro que no existe
La vida que ya no es
La quietud,
Las sensaciones que te son ajenas
De nuevo el miedo,
Fuerte traidor, se burla, te atrapa,
Hace mil piruetas,
Miedo, cruel trapecista, perverso,
Te engaña, te confías,
Se aleja para aparecer de nuevo, con más y más intensidad,
Miedo atroz que te deja sin aliento,
Y entre tanto esperpento, dibujo una mano imaginaria para poder aferrarme a ella, pero es volátil, saltarina y se escapa de mi propia mano.
martes, 10 de mayo de 2011
Chocolate
” Chocolate, ¿ negro o con leche?,
” Con leche”, una y otra vez la misma pregunta, una vez más la misma mirada ilusionada como si se formulara por vez primera.
La sonrisa en los labios, enjuta la figura, los dedos largos, prolongación de unas manos nudosas y nerviosas que abren la caja despacio, como si de un ritual se tratara, las miradas se cruzan y el juego continua,
” Chocolate, ¿ negro o con leche? ” con leche”
Qué más da que la respuesta sea siempre la misma…
Se inclina hasta llegar a su altura, la niña se pone de puntillas y levanta su pequeña mano, con nerviosismo, roza la tapa antes de que quede a su vista el contenido, primero el aroma, después el tacto, palpa y tímidamente y coge un trozo, todos iguales, exactos, parece que alguien se hubiera entretenido en cortarlos, la misma forma, el mismo tamaño, levanta la vista, “ es con leche “!!!, exclama, los largos dedos se deslizan dentro de la caja y le da un nuevo trozo, esos mismos dedos que ahora acerca a sus labios en señal de silencio, de complicidad, la sonrisa de las dos se hace abierta.
La tapa se cierra, se guarda casi con sigilo en su lugar, se cogen de la mano y salen al jardín.
La próxima semana cuando regrese, en la cocina se oirá de nuevo
“ Chocolate ¿ negro o con leche ” ?
Gracias Tía Fina
” Con leche”, una y otra vez la misma pregunta, una vez más la misma mirada ilusionada como si se formulara por vez primera.
La sonrisa en los labios, enjuta la figura, los dedos largos, prolongación de unas manos nudosas y nerviosas que abren la caja despacio, como si de un ritual se tratara, las miradas se cruzan y el juego continua,
” Chocolate, ¿ negro o con leche? ” con leche”
Qué más da que la respuesta sea siempre la misma…
Se inclina hasta llegar a su altura, la niña se pone de puntillas y levanta su pequeña mano, con nerviosismo, roza la tapa antes de que quede a su vista el contenido, primero el aroma, después el tacto, palpa y tímidamente y coge un trozo, todos iguales, exactos, parece que alguien se hubiera entretenido en cortarlos, la misma forma, el mismo tamaño, levanta la vista, “ es con leche “!!!, exclama, los largos dedos se deslizan dentro de la caja y le da un nuevo trozo, esos mismos dedos que ahora acerca a sus labios en señal de silencio, de complicidad, la sonrisa de las dos se hace abierta.
La tapa se cierra, se guarda casi con sigilo en su lugar, se cogen de la mano y salen al jardín.
La próxima semana cuando regrese, en la cocina se oirá de nuevo
“ Chocolate ¿ negro o con leche ” ?
Gracias Tía Fina
viernes, 6 de mayo de 2011
Verde que te quiero verde
Suena mi teléfono, ¿Dios quien será a esta hora?
- si, si.
- Hola perdona que te incordie, pero me ha pasado algo inaudito, ha sido tremendo. La cocina me ha quedado como nunca, blanca y verde.
- ¿como se te ha ocurrido? ¿Estas pasada de vuelta o qué?
- No si soy yo la primera en no creérmelo.
- Bueno, ¿puedes explicarme como ha sido?
- Te explico, y tu me dirás como quitar sobretodo el color verde. Hoy a las diez de la mañana, tenia que estar en el ginecólogo, y con intención de adelantar el asunto cocina, para así por la tarde salir de compras con Pilar, pensé en dejarme la comida preparada al menos el primer plato. Antes de salir, decido abrir la olla, con las prisas, no saqué la válvula, saliendo la tapadera como un platillo volante por toda la cocina, y con ella las patatas y las acelgas decorándome toda la cocina de pequeños trozos verdes y blancos como el mejor pintado al gotelé. ¿Dime que puedo hacer?
- Pues la verdad es que me piíllas en el mismo momento que salía para la visita del ginecólogo.
Recontado 2/5/2011
- si, si.
- Hola perdona que te incordie, pero me ha pasado algo inaudito, ha sido tremendo. La cocina me ha quedado como nunca, blanca y verde.
- ¿como se te ha ocurrido? ¿Estas pasada de vuelta o qué?
- No si soy yo la primera en no creérmelo.
- Bueno, ¿puedes explicarme como ha sido?
- Te explico, y tu me dirás como quitar sobretodo el color verde. Hoy a las diez de la mañana, tenia que estar en el ginecólogo, y con intención de adelantar el asunto cocina, para así por la tarde salir de compras con Pilar, pensé en dejarme la comida preparada al menos el primer plato. Antes de salir, decido abrir la olla, con las prisas, no saqué la válvula, saliendo la tapadera como un platillo volante por toda la cocina, y con ella las patatas y las acelgas decorándome toda la cocina de pequeños trozos verdes y blancos como el mejor pintado al gotelé. ¿Dime que puedo hacer?
- Pues la verdad es que me piíllas en el mismo momento que salía para la visita del ginecólogo.
Recontado 2/5/2011
martes, 3 de mayo de 2011
Extraña coincidencia
Hace años, cuando aún no existía Internet y no nos agobiaban constantemente con el sinfín de ofertas para conectarnos, sufrí acoso telefónico.
Todo empezó una tarde cuando sonó el teléfono una sola vez y paró. No hice caso pero a la media hora volvió a sonar y, de nuevo, una sola vez. Pensé que era alguien que quería comunicar conmigo y no podía, por lo que estuve atenta para coger el aparato tan pronto éste sonara. Ya no llamaron. A día siguiente volvimos a las andadas y así durante toda una semana. Después cambiaron de táctica. Llamaban y cuando descolgaba el aparato, dejaban pasar unos segundos y cortaban la comunicación sin mediar palabra a pesar de mis insistentes,” diga”, “diga”.
Así semanas y semanas hasta meses. No podía entender lo que pretendían con este proceder. Si era una broma, no le veía la gracia por ningún lado. A no ser que fuera alguien que me conociera, me tuviera ojeriza y quisiera fastidiarme. Pasé revista a todos mis conocidos. Quería encontrar a la persona que me estaba sacando de mis casillas y después de mucho pensar di con ella. Retrocedí a mis años de colegio. Siempre me he llevado muy bien con mis compañeros pero a esa niña no la tragaba, me incordiaba y molestaba. Era odiosa! Estaba segura y bien segura que era ella la que ahora me estaba llamando. Cuando sonaba el teléfono me daban ganas de coger el aparato y, antes de que pudiera colgar, decirla: "Si ya sé quién eres, no hace falta que te escondas".
Pasado un tiempo las llamadas se espaciaron hasta que cesaron y un día me encontraba mirando objetos en una tienda de antigüedades, cuando alguien me cogió el brazo, me giré y era ella. La reconocí enseguida a pesar de los años transcurridos y noté una oleada de rabia que recorría mi cuerpo. Cómo se atrevía a saludarme después de todo lo que me había hecho? La miré a la cara para decirle lo que se merecía pero tuve que bajar la vista avergonzada. Su rostro solo demostraba la alegría del reencuentro. Cómo había podido pensar de una manera tan irracional? Había sospechado de ella y la había considerado culpable sin causa justificada.
Al cabo de dos años me encontré en un simposio a un compañero de carrera, que era profesor de Universidad. Estaba malhumorado y le pregunté qué le pasaba.
- Una alumna, me explicó, que se me está insinuando y me pone siempre en evidencia delante de toda la clase. Ahora ha conseguido el número de teléfono de mi domicilio particular y me llama constantemente y cuando cojo el aparato, cuelga. Otras veces lo deja sonar solo una vez y corta. Es irritante!
- Cómo estás tan seguro de que es ella? le pregunté
- Y quién, si no? me respondió
No salía de mi asombro por esta extraña coincidencia. Uno y otro habíamos pasado por la misma experiencia y ambos habíamos reaccionado de la misma manera: habíamos dejado que afloraran a la superficie nuestras fobias mas secretas.
Todo empezó una tarde cuando sonó el teléfono una sola vez y paró. No hice caso pero a la media hora volvió a sonar y, de nuevo, una sola vez. Pensé que era alguien que quería comunicar conmigo y no podía, por lo que estuve atenta para coger el aparato tan pronto éste sonara. Ya no llamaron. A día siguiente volvimos a las andadas y así durante toda una semana. Después cambiaron de táctica. Llamaban y cuando descolgaba el aparato, dejaban pasar unos segundos y cortaban la comunicación sin mediar palabra a pesar de mis insistentes,” diga”, “diga”.
Así semanas y semanas hasta meses. No podía entender lo que pretendían con este proceder. Si era una broma, no le veía la gracia por ningún lado. A no ser que fuera alguien que me conociera, me tuviera ojeriza y quisiera fastidiarme. Pasé revista a todos mis conocidos. Quería encontrar a la persona que me estaba sacando de mis casillas y después de mucho pensar di con ella. Retrocedí a mis años de colegio. Siempre me he llevado muy bien con mis compañeros pero a esa niña no la tragaba, me incordiaba y molestaba. Era odiosa! Estaba segura y bien segura que era ella la que ahora me estaba llamando. Cuando sonaba el teléfono me daban ganas de coger el aparato y, antes de que pudiera colgar, decirla: "Si ya sé quién eres, no hace falta que te escondas".
Pasado un tiempo las llamadas se espaciaron hasta que cesaron y un día me encontraba mirando objetos en una tienda de antigüedades, cuando alguien me cogió el brazo, me giré y era ella. La reconocí enseguida a pesar de los años transcurridos y noté una oleada de rabia que recorría mi cuerpo. Cómo se atrevía a saludarme después de todo lo que me había hecho? La miré a la cara para decirle lo que se merecía pero tuve que bajar la vista avergonzada. Su rostro solo demostraba la alegría del reencuentro. Cómo había podido pensar de una manera tan irracional? Había sospechado de ella y la había considerado culpable sin causa justificada.
Al cabo de dos años me encontré en un simposio a un compañero de carrera, que era profesor de Universidad. Estaba malhumorado y le pregunté qué le pasaba.
- Una alumna, me explicó, que se me está insinuando y me pone siempre en evidencia delante de toda la clase. Ahora ha conseguido el número de teléfono de mi domicilio particular y me llama constantemente y cuando cojo el aparato, cuelga. Otras veces lo deja sonar solo una vez y corta. Es irritante!
- Cómo estás tan seguro de que es ella? le pregunté
- Y quién, si no? me respondió
No salía de mi asombro por esta extraña coincidencia. Uno y otro habíamos pasado por la misma experiencia y ambos habíamos reaccionado de la misma manera: habíamos dejado que afloraran a la superficie nuestras fobias mas secretas.
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