jueves, 8 de septiembre de 2011

Reflexiones de un sapo

Soy un sapo. Vivo en la orilla de un bonito estanque situado en medio de un gran parque a las afueras de la ciudad, lugar donde los padres suelen llevar a sus hijos a pasear y jugar. Durante el día permanezco escondido entre el ramaje y es durante la noche cuando salgo a buscar mi alimento. A veces, sin embargo, abandono mi escondite de día. Me gusta el sol y sentir sus beneficiosos rayos sobre mi piel, pero enseguida me vuelvo a esconder si oigo a uno de los numeroso niños que por allí deambulan, gritar “Mira, mira! Un Sapo. ¡Qué asco!”

Nadie puede imaginar la rabia que siento. ¿Por qué se tienen que meter conmigo y ofenderme? Ya comprendo que los niños no tienen la culpa. Desde pequeñitos les explican cuentos donde una hada mala o una bruja, resentidas por una ofensa verdadera o supuesta, se vengaban de un país convirtiendo al hijo del monarca en un sapo, maleficio que solo se rompería cuando fuera besado por una bella doncella. El problema radicaba dónde encontrar esa doncella ya que ninguna estaba dispuesta a besar al sapo aunque le juraran y perjuraran que cuando lo hiciera, éste se convertiría en un príncipe y ella a su vez en princesa al casarse con él.

Por lo visto, los sapos somos asquerosos. No tenemos nada que ver con las ranas, pequeñitas, graciosas y saltarinas. Nosotros somos grandotes y torpones. Nuestra piel es rugosa con verrugas y nuestros ojos, prominentes y saltones. La naturaleza nos dota de todas estas características para que podamos sobrevivir en nuestro medio pero los humanos han creado una serie de expresiones, frases hechas y comparaciones donde nos tratan sin respeto ni consideración.

Cojamos un TBO o un cómic, por ejemplo. Cuando alguien reniega, insulta o dice palabrotas ¿qué sale por aquella boca? Pues sí, sapos y culebras. Existe una variedad de melón que se llama de piel de sapo porque su cáscara es rugosa y llena de surcos como nuestra piel. Hay personas que tienen ojos de sapo y otras, “ son sapos”, es decir, que son torpes de movimiento y, por extensión, que carecen de cualquier habilidad social. Mucho peor es cuando dicen de una persona que “se parece a un sapo hinchado”, lo que significa que es engreída, fatua, vanidosa y presuntuosa. Y es que el gran Esopo nos utilizó en una de sus fábulas donde competíamos con un buey para tener su mismo tamaño y tanto y tanto nos hinchábamos para conseguirlo que al final explotábamos.

Lo único que pido es que me dejen vivir en paz. No hago daño a nadie y quién sabe si corre sangre azul por mis venas. Quizá soy descendiente de algún príncipe que no logró romper su maleficio ya que no encontró una bella doncella que le quisiera besar. La gente no debería dejarse llevar por el exterior y aprender de una vez por todas que las apariencias engañan.

martes, 6 de septiembre de 2011

Despertar con sorpresa

No sabía muy bien cómo se había podido quedar dormida entre el ruido de los niños que jugaban al borde del agua, y la música que salía de los altavoces del quiosco situado a pocos metros de su toalla. Hacía calor. Ese calor de verano, cargado de tormenta, carente de una brisa que refresque, que por momentos hace aborrecer la estación de los días largos, de las noches de diversión, de las mañanas sin despertador.

El caso es que debió caer por un momento en los brazos de Morfeo, pues a duras penas conseguía abrir los ojos y mirar a su alrededor. Había sopor en su mente. Su conciencia volvía poco a poco en sí, y de pronto sintió una enorme necesidad de beber agua. Alargó el brazo y cogió una botella del capazo donde llevaba sus bártulos de playa. Se incorporó con dificultad, como si cada gesto le costase, como si aún la energía no había vuelto a ella.

Fue entonces cuando miró a su alrededor y vio las enormes torres del castillo de arena que dos niños de gran tamaño estaban construyendo en la orilla y que proyectaba una sombra larga que le alcanzaba. Frotó sus ojos, ¿Quiénes eran esos niños? Se parecían a sus sobrinos, pero Juan y Pedro no eran tan grandes. Se volvió a preguntar a si misma si estaba despierta o dormida. La música era una evidencia y al dirigir su mirada hacia el quiosco reparó en la altura de los dos camareros, que ella conocía bien pues era clienta habitual. Le sorprendió descubrir que sus cuerpos sobrepasaban la altura de las sombrillas de las mesas y le extrañó pues no lo había notado nunca antes.

A continuación dirigió su mirada hacia las duchas cercanas, donde los bañistas acudían a desalarse antes de vestirse, o a refrescarse entre baño de sol y baño de sol. Allí se encontraba su vecina María con sus hijas, Eva y Laia, y para su sorpresa distinguió como éstas ya llegaban al nivel del grifo de agua fría de la ducha. Esta tercera constatación lejos de despejarla la hundió en la zozobra. Miró sus manos, sus piernas, su cuerpo. Se levantó. Con discreción acercó su cuerpo a la sombrilla y comparó su estatura con la de ese toldo ambulante que nos protege de los rayos solares y sus efectos nocivos. Estaba igual que siempre.

Su mente seguía basculando entre los vapores del sueño y la evidencia de su despertar. ¿Qué podía haber sucedido durante ese tiempo que permaneció semidormida? : No se lo pensó dos veces y con paso decidido corrió al mar, a zambullirse, con la secreta esperanza de que un chapuzón en el agua fria y salada la sacaría de ese letargo y le daría la respuesta.